
Se volvieron a encontrar por sorpresa, paseando por el bosque que él atravesaba a diario. Fue un reencuentro muy grato.
Pasearon juntos, sin separarse ni un milímetro. Ella le habló del pasado, de cómo se sintió durante todos estos años mientras él se limitaba a escuchar y a asentir. De vez en cuando cerraba los ojos y se metía en su piel. Podía sentir todo por lo que ella había pasado.
Se sentaron en una pequeña cueva que encontraron. Sin decirse nada, recordaron todos los ratos que pasaron juntos años atrás. Cuando fueron compañeros de viaje, de cama, de fiestas y de todo tipo de vivencias. Ella sonreía perdiendo la mirada hacia arriba; él estaba un poco más serio. Le hubiera gustado poder hacer algo por ella si hubiese sabido que lo había pasado tan mal, que se había sentido tan sola. Aunque él también se había sentido solo y tampoco recibió ningún milagro.
Dos ancianos pasaron por delante de la pequeña cueva, cogidos de la mano. Se quedaron mirando, tratando de acostumbrar su vista a la oscuridad de dentro al intuír que había alguien. Al verlos, sonrieron y siguieron su camino. Se detuvieron a mirar unas flores mientras desde dentro, eran seguidos con la mirada. Dentro, también sonrieron un poco, pensando en ese futuro que tenían delante, pero que no iba a suceder. Al menos, no con ellos. Al menos, no entre ellos.
Ella se preguntaba cómo iba a tener valor de decirle adiós otra vez. Él se preguntaba cuándo se lo iba a decir. Si esperaría mucho más. Ella se levantó y pintó el interior de la cueva de un color más triste, si cabe, que el gris de las piedras que la formaban. Él observaba su obra. El preludio de la nueva despedida.
Nunca hubo tantos secretos en un espacio tan reducido. Parecía que se conocían desde hacía mil años, pero apenas sabían nada el uno del otro. Tanto miedo, tanto pánico a contarse cosas el uno al otro que serían comprendidas y aceptadas al instante y sin nigún tipo de problema por su parte. Pero no lo hicieron.
Ella terminó de pintar el interior de la cueva de ese color triste. Mientras lo hacía, cantaba. Fuerte. Una canción que desgarró a la vez el cielo y el corazón de él. Sólo pudo echarse mano al pecho para tratar de paliar el dolor que le salía de dentro mientras en su cara se dibujaba una mueca de sufrimiento. El cielo por su parte, reaccionó poniendo una nube negra delante del sol.
Sin quitarse la mano del pecho, extendió el otro brazo para alcanzarla a ella y abrió la boca para gritar, pero no pudo. Cada vez se oscurecía mas, y cada vez se oía menos su canción. Ella giró lentamente con los brazos en alto, le miró y le sonrió. Mientras se iba fundiendo con la oscuridad. Fue su despedida.
Él cayó sobre sus rodillas sin poder dejar de sujetarse el pecho. Lloró. Lloró tanto que casi se ahoga. No se veía nada. Y ni siquiera llegó ese temido adiós. Si sólo hubiera dicho adiós…

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