Mar 04

Bosque

Se volvieron a encontrar por sorpresa, paseando por el bosque que él atravesaba a diario. Fue un reencuentro muy grato.

Pasearon juntos, sin separarse ni un milímetro. Ella le habló del pasado, de cómo se sintió durante todos estos años mientras él se limitaba a escuchar y a asentir. De vez en cuando cerraba los ojos y se metía en su piel. Podía sentir todo por lo que ella había pasado.

Se sentaron en una pequeña cueva que encontraron. Sin decirse nada, recordaron todos los ratos que pasaron juntos años atrás. Cuando fueron compañeros de viaje, de cama, de fiestas y de todo tipo de vivencias. Ella sonreía perdiendo la mirada hacia arriba; él estaba un poco más serio. Le hubiera gustado poder hacer algo por ella si hubiese sabido que lo había pasado tan mal, que se había sentido tan sola. Aunque él también se había sentido solo y tampoco recibió ningún milagro.

Dos ancianos pasaron por delante de la pequeña cueva, cogidos de la mano. Se quedaron mirando, tratando de acostumbrar su vista a la oscuridad de dentro al intuír que había alguien. Al verlos, sonrieron y siguieron su camino. Se detuvieron a mirar unas flores mientras desde dentro, eran seguidos con la mirada. Dentro, también sonrieron un poco, pensando en ese futuro que tenían delante, pero que no iba a suceder. Al menos, no con ellos. Al menos, no entre ellos.

Ella se preguntaba cómo iba a tener valor de decirle adiós otra vez. Él se preguntaba cuándo se lo iba a decir. Si esperaría mucho más. Ella se levantó y pintó el interior de la cueva de un color más triste, si cabe, que el gris de las piedras que la formaban. Él observaba su obra. El preludio de la nueva despedida.

Nunca hubo tantos secretos en un espacio tan reducido. Parecía que se conocían desde hacía mil años, pero apenas sabían nada el uno del otro. Tanto miedo, tanto pánico a contarse cosas el uno al otro que serían comprendidas y aceptadas al instante y sin nigún tipo de problema por su parte. Pero no lo hicieron.

Ella terminó de pintar el interior de la cueva de ese color triste. Mientras lo hacía, cantaba. Fuerte. Una canción que desgarró a la vez el cielo y el corazón de él. Sólo pudo echarse mano al pecho para tratar de paliar el dolor que le salía de dentro mientras en su cara se dibujaba una mueca de sufrimiento. El cielo por su parte, reaccionó poniendo una nube negra delante del sol.

Sin quitarse la mano del pecho, extendió el otro brazo para alcanzarla a ella y abrió la boca para gritar, pero no pudo. Cada vez se oscurecía mas, y cada vez se oía menos su canción. Ella giró lentamente con los brazos en alto, le miró y le sonrió. Mientras se iba fundiendo con la oscuridad. Fue su despedida.

Él cayó sobre sus rodillas sin poder dejar de sujetarse el pecho. Lloró. Lloró tanto que casi se ahoga. No se veía nada. Y ni siquiera llegó ese temido adiós. Si sólo hubiera dicho adiós…

Oct 06

[…] y después de retirar los tablones, ante mí se extendía un largo y oscuro pasillo cuyo fondo no alcanzaba ni la luz de mi linterna. Era muy posible que los alaridos lastimeros salieran de allí, de alguna parte de ese pasillo en el que nadie había entrado hacía años. Se oían chillidos y llantos al fondo del todo, pero la intensidad había bajado. No era como unos minutos antes cuando resonaban por todo el edificio.

De repente, un fortísimo golpe seco se escuchó a mis espaldas, como si hubiesen chocado dos grandes travesaños de madera. Me quedé congelado en el centro del pasillo y parecía que me iba a dar un infarto. Se hizo el silencio absoluto. Puede que quien estuviese llorando se hubiera asustado también por el ruido, y no quise ni volver la vista atrás para averiguar de dónde había venido ese estruendo. Seguí caminando lentamente dibujando arcos con mi linterna.

En el pasillo solo había telarañas y polvo añejo. A la derecha colgaban tres grandes ganchos oxidados, sujetos por cadenas que estaban en el mismo estado. Debajo de ellos, en la pared, manchas de un color que creí adivinar marron oscuro. Decidí no pensar en lo obvio y continuar. Ya debía llevar unos trescientos cincuenta metros de pasillo y no se terminaba nunca.

Comenzaro de nuevo los llantos y los gritos. Y por alguna extraña razón, cuanto más fuerte sonaban, más se debilitaba la luz de mi linterna. Durante los segundos que no se escuchaba nada, la linterna alumbraba con toda su potencia, pero cuando el llanto y el grito sonaban a la vez, casi llegaba a apagarse.

Entonces pasó: el ruido característico de una puerta antigua desencajándose de su marco hinchado, y el posterior chirrido agónico de las bisagras. Justo delante de mí, en la pared derecha, se estaba abriendo una puerta. Salía una luz muy ténue, y se movía. Me quedé parado, aterrorizado, mirando hacia el frente a lo que fuera que estaba saliendo de aquella puerta. Y salió muy, muy lentamente.

Era una figura de mujer, vestida con algo que en mejores tiempos fue blanco, y con la cabeza cubierta por un velo semitransparente. No la veía bien, pero llevaba una pequeña vela en la mano derecha mientras caminaba a la pared que quedaba enfrente de la puerta por la que había salido. Cuando llegó al centro del pasillo, se detuvo y se giró hacia donde yo estaba. Movió su mano derecha a la altura de su pecho y entonces pude ver mejor su cabeza. Llevaba la cabeza totalmente echada hacia atrás, con la boca abierta y mirando hacia arriba. Esa extraña postura, sumada al velo que llevaba, le daba un aspecto de lo más aterrador. No pude verle los ojos.

Sin cambiar ni un ápice la expresión de su cara, comenzó a emitir unos gemidos que poco a poco se fueron transformando en el llanto y los gritos que ya había escuchado antes. Volvió a bajar la vela a la altura de su cintura y ví que en su mano izquierda llevaba algo aprisionado contra su vientre. Avanzó muy despacio hacia mí, como flotando. Yo no podía ni moverme del pánico, y volvió a sonar el estruendo seco que había sonado hacía un rato. La figura fantasmal retrocedió rápidamente y yo seguía sin poder moverme. Empezaron a escucharse unos pasos detrás de mi, firmes y ruidosos que iban acelerando a medida que se iban acercando.

Pude notar cómo, lo que fuera que estaba provocando ese ruido de pisadas, había pasado a través de mi cuerpo sin hacerme ningún daño. La figura de la mujer con la vela gritó más fuerte. Lo que quiera que fuese estaba corriendo hacia ella.

La mujer, sin mover su cabeza ni cambiar un mínimo rasgo de su expresión, extendió lentamente los brazos hasta dejarlos en cruz, sujetando la vela con la derecha y dejando caer lo que quiera que fuese que sujetaba con la izquierda. En ese momento el grito ya se hizo desgarrador, y lo que se le cayó de la mano izquierda desapareció justo antes de llegar al suelo.

Se quedó allí, gritando de una manera inhumana y con los brazos en cruz. Lo que me había atravesado, le había dado alcance. Yo estaba a estas alturas muerto de miedo, y no ayudó en absoluto a mejorar la situación el hecho de escuchar otro grito terrorífico y de mujer justo detrás de mi. Me giré, y allí estaba, otra mujer vestida de blanco, pero sin velo. Con el pelo despeinado, los brazos extendidos hacia delante y las manos puestas en forma de garras. Salió corriendo hacia donde yo estaba, pero si pudo pasar a través de mi sin hacerme daño, en esta ocasión quiso hacérmelo con todas sus fuerzas. Chocó conmigo y me lanzó un par de metros hacia adelante.