Cuando era muy, muy pequeñito, tenía un amigo imaginario. Sé que no son cosas para confesar en un blog, pero bah… ahí van de cualquier manera.

Mi amigo imaginario era un dragón. Un dragón enorme y terrorífico. Un dragón de color verde, grandes alas y enorme y afilada dentadura. No hablaba, pero me comprendía. Iba siempre conmigo e incluso “sabía” que estaba al otro lado de la ventana cuando yo estaba dando mis primeras clases y garabateando mis primeras cartillas de caligrafía. Estaba ahí, y eso me daba una gran tranquilidad. Quería mucho a mi amigo imaginario, el dragón.

De alguna manera, y en algún momento de mi -entonces- corta vida que no recuerdo, me imbuí de lo que en aquél entonces yo pensaba que era la personalidad que tendría un lobo común. Más que común, solitario.  En parte noble, en parte peligroso, en parte depredador, en parte rondador y en parte cazador. En resumidas cuentas, era un “lobo” que caminaba por la vida con su amigo el dragón y así lo sentía realmente.

Con el paso de los años, el dragón no sólo seguía “existiendo”, sino que poco a poco empezaba a ir formando parte de mi. Como otra personalidad más de la que podía echar mano cuando ni yo ni el lobo eran suficientes. Nunca logré, ni nunca quise, olvidarme del lobo ni del dragón. Videojuegos, películas, libros, cómics e historias populares los mantuvieron siempre ahí.

Quizá si hay algún psicólogo en la sala, opine que de aquí hay mucha historia que extraer. Es posible. El lobo y el dragón eran escudos que podía colocar delante de mi cuando quisiera. Mostrar caras y actitudes terribles o amables, según el momento lo requisiera. No sentirme solo conmigo mismo casi en ningún momento. Aguantar situaciones difíciles en esta especie de extraña compañía. Y mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de una cosa: nunca, ni una sola vez hablaron entre ellos.

Como buen cánido, el lobo al final consiguió predominar sobre el dragón. El dragón seguía estando ahí, pero apenas lograba llegar a manifestarse de vez en cuando. El lobo se sentía totalmente capaz de abrirse camino por sí solo, y el dragón hacía cada vez menos falta. Aún así, ni el lobo ni yo nos olvidamos del dragón.

Pasó la vida, y tras unos momentos muy amargos que supimos soportar el lobo y yo, empezamos a necesitar al dragón desesperadamente. No para que solucionara nada, ni para mostrar caras terroríficas, ni para volar ni para escupir fuego. Simplemente, necesitábamos esa parte de nuevo con nosotros. Para completarnos.

Sin embargo el dragón, aunque estaba ahí, no acudió inmediatamente a la llamada. Fue resurgiendo tímidamente, haciéndose un poco de rogar, y cuando por fin apareció, quiso imponer sus condiciones. Supusimos que estaba dolido y que merecía tener todo lo que pudiera pedir.

Y por fin, el círculo volvió a cerrarse.

Nuna he sido bueno con las metáforas. Bueno, algunas veces si, je… Lo que vengo a decir con todo esto es que por primera vez en muchos años, me siento completo. Disfrutando de cada momento como si fuera una película, dando gracias por una oportunidad que se me ha concedido y quizá no haya merecido tener. Que mi vida merece más aún la pena que nunca y que, aunque suene a tópico, el cielo por mí, se puede esperar.

Comparte este post

¡Tutea este post! ¡Menea este post! ¡Envía este post a Chido.com! ¡Envía este post a DeChiste.com! ¡Acelera este post! ¡Enchila este post! ¡Envía este post a foroabierto.com! ¡Masca este post! ¡Rankea este post! ¡florea este post!