Primero, la justicia. ¿Recordáis lo que os contaba ayer que me había pasado en el curro? Bien, hoy no ha ido a trabajar porque tenía una diarrea de caballo y no se tenía en pie.

Solo quería mencionarlo.

No os riáis.

Segundo, las balas de plata. Ya sabéis que todos los bichos raros tenemos una manera original de ser eliminados, terminados, asesinados, liberados de nuestros sufrimientos. Los vampiros tienen aquello de la estaca en el corazón, los demonios tienen los exorcismos, Freddy Kruegger tiene a Wes Craven que le mata un poco más en cada película que se le ocurre, los lagartos tienen a Donovan, Telecinco a “Sé lo que hicísteis”, y los hombres-lobo tenemos las balas de plata.

Éste, vuestro hombre-lobo (chucho pa los amigos) particular, ya ha sufrido en sus carnes un disparo de bala de plata. Vino después de otro par de intentos sin resultado. No recuerda bien si fue alguna puñalada, si le ahogaron o si le prendieron fuego. No importaba demasiado, porque su coraza y su resistencia a cualquier cosa que no fuera una bala de plata, evitaron males mayores.

Llegó un momento en su vida en que pensó dejar de necesitar esa pesada coraza. Se la quitó, pero la mantuvo a mano durante un tiempo por si acaso. Pero poco a poco, fue olvidando dónde la dejó. Un mal día, el balazo llegó y su coraza ya estaba lejos. Lejos y olvidada.

Directo al corazón, y por la espalda.

En un primer momento pensó que moriría, que no podría soportar el dolor y que había llegado su fin. Todo estaba perdido, todos los esfuerzos habían sido inútiles, todo había sido para nada.

Pero pasó el tiempo.

Poco a poco, aprendió a seguir viviendo sin esa parte de él que, probablemente, la bala de plata había matado para siempre. Y como esa bala nunca salió, la atesoró dentro de su muerto corazón como una joya, como un talismán que le protegería en el futuro de recibir más balazos. Probablemente, ni siquiera se arriesgaría a recibir otro, nunca más.

Aprendió también a vivir con el dolor, a dormir con él y a sobreponerse a él.

Consiguió alcanzar la felicidad a base de trabajo duro. Esa felicidad que estuvo dispuesto a cambiar por lo que al final resultó ser… su balazo.

Con esa felicidad alcanzada, y esa parte suya muerta más que enterrada, siguió adelante dándose cuenta de que eso que la bala de plata le arrebató cada vez tenía menos importancia, menos “peso”. Que el dolor del balazo seguía ahí a diario, pero se fue acostumbrando y ya formaba parte de su rutina diaria.

Hasta hoy. Durante tres minutos y cuarenta y ocho segundos que duraba una canción, consiguió no sentir ese balazo. Sólo tres minutos y cuarenta y ocho segundos.

Qué bonito, ¿eh? Lo que no consiga una canción…

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