Todo seguía marchando como la seda. El malvado Profesor Colombiano Diógenes Cojonciano había desaparecido de su vida, y seguía montando su laboratorio secreto tranquilamente, con cariño, y con una sonrisa de oreja a oreja cada vez que abría esa puerta.

La sorpresa vino, sin embargo, en el trabajo. Rumores de una gran noticia, un gran cambio, poblaban los pasillos, las escaleras, y el despacho de la planta cero. También llamado “la puta calle” que es donde se bajaban todos a fumar y a chafardear.

Al fin, una repentina convocatoria de reunión con la directora:

-Pasad, pasad todos, serán solo cinco minutos.
-¡Amos, chavales! ¡Daos prisa!
-Ay dios, ay dios, ay dios…
-Corre, coño… cierra la puta puerta ya, cojones…
-…
-Bueno, os reuno para comunicaros que… a partir de mañana me desvinculo de la empresa. Daros las gracias a todos por tan gratificantes experiencias, por estar ahí cuando me habéis hecho falta y por haber trabajado tan duro y tan bien. Seguro que nos volveremos a ver, pues este mundillo es muy pequeño.
-…
-A partir de ahora, mis responsabilidades pasarán a [subdirector diox que nos está arreglando la vida], así que seguid como hasta ahora, y mucha suerte.
-…
-Er… suerte y… seguid como hasta ahora.
-…
-…
-¿?
-…
-Bueno, venga… hasta siempre.
-… (todos, excepto la ¿ex?directora salen del despacho)

Se sienta en su puesto y cruza miradas con su viejo compañero. A esas alturas, su cara ya era algo así:

Se pasó toda la mañana con ganas de llorar. Llevaba tanto tiempo esperando tener su propia guarida… llevaba tanto tiempo esperando a que esa mujer desapareciera de su vida… llevaba tanto tiempo esperando que ese hombre ocupara ese puesto y pusiera en práctica sus ideas de mejora… sus ideas de subidas de sueldo…

Y todo hecho realidad. Todo a la vez. En tan poco tiempo…

Pasó el día con normalidad. Gastó unas cuantas bromas al nuevo director, que estaba fuera, por mail. Llegó a casa. Sonrió. Se sentó en el suelo junto a la puerta y se cogió las rodillas. Sonrió otra vez. ¡Otra vez!


Y se hizo la paz.